Valentina Constanza: “Aprender a doblarse sin partirse”

Valentina

«Mi historia migratoria comenzó oficialmente en 2019, justo antes de la pandemia, pero en realidad empezó mucho antes. En 2016, mi papá decidió dar el primer paso y abrir camino en España para que, algún día, mi madre y yo pudiéramos reunirnos con él. Fueron años duros, marcados por la distancia física, pero también por una unión familiar que se hizo más fuerte que nunca. Como venezolanos, no crecimos imaginando un futuro migrante, pero la diáspora nos cambió para siempre.

Mi papá vivió de todo: fue camarero, asistente de panadero, repartidor por un día en Amazon, mensajero de Glovo. Recorrió Tenerife, luego Oliveira de Azeméis, en Portugal, hasta finalmente llegar a Madrid, donde pudo respirar un poco después de tanto intentar. Sortear obstáculos se volvió parte de su rutina, y su perseverancia nos dio esperanza.

Cuando por fin nos reencontramos, lo que soñábamos como un final feliz fue, en realidad, el comienzo de otro reto. Volver a ser familia bajo el mismo techo después de más de tres años separados implicó sanar, adaptarnos, reacomodarnos. Enseñar y aprender de nuevo el amor a alguien que había vivido la soledad, el frío, los gastos y la incertidumbre no fue sencillo.

Emigrar no es algo que recomendaría a la ligera. Es una experiencia que te quiebra, te exige y te transforma. Pero también me permitió descubrir lugares emocionales de mí que desconocía. Nos hemos roto mil veces, pero nos hemos recuperado mil una. Hoy entiendo que el amor sostiene, que la humildad protege y que, como el bambú, uno debe aprender a doblarse sin partirse.

Esa ha sido mi mayor lección como migrante.»

Valentina Constanza González Arciniega.

Valentina Constanza testimonio sorteo

Historias como la de Valentina nos recuerdan por qué en Curiara creemos que migrar no es solo moverse de un país a otro, sino sostener vínculos mientras todo cambia. Detrás de cada envío, de cada esfuerzo cotidiano, hay trayectorias marcadas por la constancia, la adaptación y el deseo profundo de volver a encontrarse.

Acompañar estos caminos significa entender que el dinero no viaja solo: viajan el amor, la responsabilidad y la esperanza de quienes, como su familia, aprendieron a doblarse sin partirse. En Curiara, nos inspira ser parte de ese cuidado silencioso que permite que las historias migrantes sigan escribiéndose con dignidad, unión y futuro.